Atiborrado de afectos, Roberto Espinosa sacude el amor y el arte y los va desparramando en fetiches. Las palabras, apenas iluminadas por la metáfora, se vuelven símbolos levemente sagrados de una afectividad interminable que las llama, las colecciona y las enciende como velas de una suave luz inextinguible. 

Así puede esta poesía, por ejemplo, desnudar la sensualidad olvidada de los clásicos o revelar la sublime hondura de los besos, sugerir el alma detrás de los nombres y precisar el cuerpo detrás de los misterios.