Parar la pelota y animarnos a mirar lo que nos pasa en esta época a veces resulta un completo desafío. Mucho más si nuestra vida transcurre entre trabajo, estudio, la familia, una batería social que sube y baja constantemente. Sin embargo, hay un evento que se repite cada cuatro años, la copa del mundo y si nos remontamos a la más reciente los argentinos fuimos protagonistas, quedamos enamorados de la albiceleste, con una cápsula de adrenalina en la portada de cada foto en nuestras redes sociales ¿Esto a qué se debe? A la pasión desmedida con la que nos aferramos a la colectividad mundialista, a la particularidad de la cultura argentina para encontrar en el fútbol ese momento que despeja nuestra mente de cualquier preocupación o es tan solo una cuestión de costumbres, hábitos que somos capaces de activar en nuestro sistema cognitivo cada cuatro años. En esta nota, Julieta Combes Psicóloga (UNT). Magister en Psicología del Deporte. Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Docente e Investigadora. Profesora Adjunta a cargo de la Cátedra de Neurobiología; cuenta cómo la mente también se suma a jugar cada partido y qué explica la psicología detrás de las conductas que adoptamos.
“El espectador es un universal en el futbol profesional, los partidos se juegan ante el público porque el partido no es simplemente un hecho deportivo, una competición, sino también, es un espectáculo. Así en el mundial de futbol que se está jugando actualmente, hay dos tipos de públicos: lo expertos y los no especializados. Los expertos conocen las reglas del juego y en detalle las características y trayectorias de cada jugador y entrenador. Son capaces de hacer análisis minuciosos de los partidos y generar todo tipo de comentarios y predicciones del trámite y resultados de los partidos por jugar. Los públicos no especializados se interesan a modo de entretenimiento o moda. Se suben al tema del momento”.
Asimismo, Combes agrego: “Muchas personas manifiestan que solamente miran los partidos por televisión cuando juega la selección nacional y que solamente entienden lo que es un gol. Para los “no expertos”, el mundial es un entretenimiento del momento. En Argentina, el público que va a presenciar los partidos a los estadios y los que los siguen por televisión, manifiestan en general, haber depositado en los jugadores su esperanza, su confianza. Se proyectan en los jugadores sentimientos de admiración, amor y orgullo y se los inviste de valores elevados: perseverancia, excelencia, heroísmo. El público se identifica con los jugadores, se cohesiona, se une frente al enemigo común, el equipo contrario con los hinchas que desean la derrota del equipo argentino. Se habla en plural: “vamos a ganar”, “nos hacemos más fuertes cuanto más nos critican”, “Argentina contra el mundo”. Aparece la sensación de que se borran las diferencias, las rivalidades entre hinchas de diferentes equipos se olvidan, todos somos uno e iguales bajo una misma bandera. Esto se convierte en un fenómeno social: algunas personas se reúnen para ver los partidos es espacios públicos, con amigos, otros las ven con sus familias y otros eligen pasar solos esos momentos”.
En este sentido, la Docente e Investigadora expresó “Es interesante analizar las reacciones de los espectadores presentes en los estadios con respecto a lo que ocurre en el campo de juego. Existe una ley de la homología entre las actitudes de los jugadores y los espectadores. Si en el juego hay peleas o actitudes agresivas, por semejanza el público se exalta. El mundial es la posibilidad de hacer catarsis, expresar simpatías y antipatías, frustraciones, enojos. Algunos partidos son vividos colectivamente como la posibilidad de hacer justicia, se genera la ilusión grupal de una reparación frente a hechos históricos de cada nación como puede ser una invasión, el resultado de una guerra o una presión de algún tipo. El futbol siempre da revancha, repiten. Y allí es donde muchas veces se asimilan equivocadamente los equipos con los países que representan. El público dice que “le ganamos a Francia, o a Inglaterra o a Brasil”. O perdimos con la nación”.
Desde una mirada académica, este fenómeno no solo se explica por lo deportivo, sino también por su profundo impacto social, cultural y psicológico. “En este sentido, especialistas destacan que el público mundialista no es homogéneo. Por un lado, se encuentran los expertos, quienes siguen de cerca cada detalle del juego: estadísticas, rendimientos individuales, estrategias y decisiones técnicas. Por otro, aparece un amplio grupo de espectadores ocasionales que se suman durante la competencia, motivados por el clima colectivo, el sentido de pertenencia y la posibilidad de compartir una experiencia común. Este carácter inclusivo convierte al Mundial en un evento masivo que interpela incluso a quienes habitualmente no consumen fútbol”, destacó la Mg. Psic. Combes.
Más allá de lo deportivo, el Mundial se configura como un hecho social. En ciudades como San Miguel de Tucumán, quienes no viajan a los estadios se reúnen en hogares, bares o espacios públicos para ver los partidos, generando instancias de encuentro entre amigos, familias y comunidades. Los fanfests y celebraciones colectivas refuerzan este sentido de pertenencia y construyen una experiencia compartida que trasciende generaciones.
El impacto del Mundial también se refleja en la economía local. La venta de camisetas, cotillón, alimentos y bebidas se incrementa notablemente durante la competencia, evidenciando que se trata de un evento que moviliza circuitos comerciales y productivos. En este contexto, el consumo se articula con la celebración y el ritual, formando parte de una experiencia integral.

“Desde la Psicología del Deporte, se subraya además el papel de las emociones colectivas. La ilusión, la fe, las cábalas y los rituales acompañan cada partido, generando expectativas que pueden derivar tanto en euforia como en frustración. El triunfo y la derrota no solo impactan en los jugadores, sino también en el humor social, modificando percepciones y estados de ánimo a nivel colectivo. A su vez, durante el Mundial se produce un fenómeno de identificación simbólica entre el equipo y la nación. Las diferencias sociales parecen diluirse momentáneamente bajo una bandera común, dando lugar a una sensación de unidad, armonía y pertenencia. Incluso aparecen narrativas de revancha o reivindicación en partidos significativos, donde el fútbol adquiere un valor simbólico que excede el resultado”, agregó la especialista.
Sin embargo, no todos participan de la misma manera. Existe también un sector que se muestra ajeno o crítico frente al Mundial, aunque incluso estas posiciones suelen verse interpeladas por el clima general. Con el correr de los partidos, muchos de estos espectadores terminan sumándose, aunque sea de forma indirecta, a una conversación social que atraviesa todos los ámbitos de la vida cotidiana.
De este modo, el Mundial se presenta como una oportunidad para que la comunidad universidad reflexione sobre los comportamientos sociales, las emociones colectivas y los procesos culturales que definen a nuestras sociedades contemporáneas, reafirmando su rol en la producción de conocimiento crítico y situado.


